Viernes 28 de Febrero de 2020
 

Declamaciones y acciones
La eterna contradicción de los gobernantes

Muchas veces los hombres y mujeres de la política llegan luego de prolongadas contiendas electorales a ser elegidos presidentes, gobernadores o intendentes. Y una vez en el cargo, la sociedad espera que pongan en práctica lo que pregonaban sus plataformas electorales y las políticas y los programas, que en el fragor de la campaña política, han prometido desarrollar. Pero esto difícilmente ocurre. Porque ellos, los políticos, siempre tendrán explicaciones para excusarse y justificarse por el incumplimiento de sus compromisos: la crisis internacional, el contexto social, las dificultades económicas, la imposibilidad burocrática, las trabas que ponen los opositores, el FMI, los sindicatos, los poderes hegemónicos, la baja del precio de la soja, la suba del precio del petróleo, la sequía, las inundaciones... y muchas otras que hemos escuchado hasta el hartazgo.
Pero la verdad es que muchos políticos que llegan al poder, nunca tuvieron la menor intención de cumplir sus promesas-mentiras de campaña. Otros, bien intencionados, quisieran cumplir, pero la propia incapacidad de gestión no se los permite. Sólo algunos pocos, cuentan con la formación, la capacidad y la intención de llegar a la función pública para servir a la sociedad.
Las plataformas electorales se han convertido en novelas de ficción con final feliz. Es inútil leerlas, salvo que usted quiera distraerse unos minutos leyendo un cuento. Y es que las propuestas formuladas en dichas plataformas no son vinculantes. No hay a quien reclamar por los incumplimientos. Vienen sin garantía. Allí los candidatos son capaces de hacer las promesas más inverosímiles y fantásticas que la creatividad humana y el marketing político pueden diseñar. Pero, olvidémonos, jamás las cumplirán.
Y así, salvo honrosas excepciones, alcanzan a dirigir los destinos de la Nación dirigentes de todo tipo de pelaje que en su infinita ambición, codicia e ignorancia, han dejado sumido en la pobreza a un país extremadamente rico en recursos naturales. Y esto se reproduce a escala en muchas provincias y ciudades de nuestro territorio.
En esta comparsa decadente de gobernantes, desfilan varias personalidades que hacen de la simulación y el engaño un modus operandi. Podemos citar algunas tipologías de esta especie embusteros. El hipócrita, que piensa una cosa y dice y hace lo contrario adaptándose al contexto con el fin de sacar el máximo provecho de la situación. El inepto, que quisiera cumplir con lo que piensa y dice, pero no sabe cómo hacerlo. El farsante, que nunca tuvo en vista cumplir sus promesas y ejecuta lo que urdió desde un principio para beneficio propio. El oportunista, que se beneficia de una situación utilizando algún canal que lo vehiculice (partido político, por ej.) diciendo lo que los demás quieren escuchar, pero actuando en su provecho personal.
Estilos de gobierno ineficiente, programas anacrónicos, políticas pendulares, caudillismo inconducente, ausencia de planes estratégicos, liderazgos tóxicos, proliferación de la corrupción y falta de cohesión social, son las principales razones de nuestra debacle.
Y es que la espiral descendente de deterioro social en la que hace mucho nos deslizamos como ciudadanía, no podría generar políticos y dirigentes iluminados. Casi la totalidad de las veces, en estadística, una muestra es representativa de la población.
En ese caldo de cultivo, proliferan a lo largo y a lo ancho del país caudillejos desteñidos con modos de tiranos que buscan eternizarse en sus cargos, irrespetuosos de las leyes, indolentes y despreocupados de los problemas de la sociedad, con remuneraciones inmorales, patrimonios difíciles de justificar y estilos de vida de señores feudales. Son los nuevos déspotas del siglo XXI. Y, por supuesto, con la convicción de que el Estado son ellos.
De este modo, la desconexión entre las declamaciones de los gobernantes y sus acciones ya no sorprende, sino que nos resulta una cuestión familiar. El divorcio entre el discurso y los hechos de los gobernantes es cada vez más evidente. Y en sus camaleónicos recorridos, nuestros dirigentes se perfeccionan en sus prácticas oscurantistas. Gritan a los cuatro vientos que su gobierno es abierto y participativo, pero persiguen, espían, mortifican y (cuando pueden) despiden a los simpatizantes del partido opositor. Claman que son honestos, transparentes y que tienen las cuentas claras, acusando de lo contrario a sus opositores, pero difícilmente rinden cuentas o presentan información confiable. Sostienen en público que apenas cuentan con lo indispensable para vivir, y en privado se abrazan a sus cajas fuertes. Vociferan su devoción por la Democracia, la Constitución y sus Instituciones, pero "escrachan" intimidatoriamente en público a funcionarios opositores (por falta de pago de impuestos, por ej.) para acallar sus voces.
Y estos gatopardos tienen la extraordinaria habilidad de reciclarse permanentemente, cambiando para que nada cambie.
Dentro de este "cambalache", todos ven lo que el gobernante aparenta, pero pocos conocen lo que es en realidad. Todos escuchan lo que el gobernante dice, pero muy pocos conocen el nivel de coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Todos presencian las acciones del gobernante, pero pocos conocen sus verdaderas intenciones. A través del marketing político estos gobernantes cautivan a muchos incautos. Y, aunque algunos pocos saben de la escasa calidad humana y la baja aptitud de estadista del gobernante, estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de muchos. Ya sea por (discutible) oportunismo político, pusilanimidad o porque ellos mismos carecen de condiciones como dirigentes. De este modo, el gobernante tóxico se afianza en su cargo para desgracia de la ciudadanía, como consecuencia de la indecisión de los que le conocen y la aceptación manipulada del resto de la sociedad.
Pero nadie puede engañar a muchos durante mucho tiempo. Cuando cae el velo y la sociedad descubre las mentiras, sobrevienen la decepción y el rechazo. Porque cuando la crítica de afuera choca con la adulación de adentro, el castillo de naipes se derrumba. Cuando la realidad contradice al relato, la amargura social deja expuesto al ilusionista. Cuando la verdad deja exhibida a la falsedad, el resultado es un proceso de destronamiento del líder embaucador. Y un nuevo proceso de coronación comienza...
Nada es para siempre. Lo único permanente es el cambio. Una verdadera reforma política es posible. Y los ciudadanos debemos convertirnos en factores de ese cambio. Participando en la formulación de políticas públicas; exigiendo a nuestros gobernantes el cumplimiento de los programas formulados en las plataformas electorales, haciendo que éstas sean vinculantes; impulsando las herramientas de participación ciudadana, como la iniciativa popular, la consulta popular y el referéndum; requiriendo la rendición de cuentas y la información sobre la situación y la evolución del Estado (nacional, provincial y municipal); integrando organizaciones no gubernamentales que complementen y controlen la acción estatal.
La indiferencia y la comodidad nos han depositado en este preocupante presente. Mejorar depende de nosotros
Cr. Carlos Augusto Centeno

 

   
       
 
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